La toponimia es curiosa y lo podemos observar en esta introducción. Veamos: ¿Fue Almendral lugar de almendros? ¿Y Nogales? ¿Tanto nogal habría allí, para llamarle al pueblo de ese modo? ¿Por qué el nombre de Higuera de Vargas? ¿Tan frondosa sería la higuera para que por ella se conociera al dueño? Al parecer no ocurrió lo mismo con La Morera, donde sus habitantes viven dentro de “ese nombre” sintiéndose orgullosos de él, y no aparece dueño alguno como particular padrino. Es curioso. ¿Pero todos estos nombres y otros muchos que conocemos son referentes de algo de su entorno? ¿Está supeditado el nombre del pueblo a su paisaje? Estas y otras preguntas podrían hacerse, aunque en realidad poco importan; porque lo trascendente es que los pueblos están ahí. Y siguiendo su andadura en su vivir, las vidas aparecen y, entre soles y sombras, se realizan. Y eso, es lo trascendente: “que están” y que “se realizan”. Y a la postre, en la pulpa de los pueblos siempre se descubre lo que el poeta ve, que:“Un pueblo es como la vida misma// y dentro de él, mora todo lo que la vida es;// Alegría y tristeza, amor y soledad// Esfuerzo y desaliento// Un pueblo es una mujer…y un hombre// Un pueblo es…un pueblo”. Y todo eso, no es más que el resultado del esfuerzo común que día a día se va realizando en la continuidad de generaciones.
La Morera y en el mes de Junio, era un pueblo que estaba cuajado de primavera por todos sus costados. A su tiempo los almendros habían reventado cuajándose de flores y salir de sus calles enjalbegadas y llegar a sus campos para corretearlos, era como estar caminando por alfombras de hierbas y amapolas. Andando, andando, podían contemplarse postales de sierras y de lomas, de encinas y olivares llenándose de aromas. Los colores cantaban a las luces que el sol iba encendiendo. Y yo, pensando en este decorado que aquí se echa de menos, hoy me siento arriero, andando por caminos de nostalgia recordando recuerdos. Recuerdos de otra época que se fueron durmiendo en las cunetas del tiempo y quiero despertarlos.
Han pasado muchos, muchos años, casi medio siglo, cuando por mi profesión de maestro me presenté para ejercer en La Morera. Y allí, día tras día, bregando con los alumnos y tratando con las familias, unos y otros nos fuimos conociendo. En ese convivir, nos iríamos descubriendo y, hasta tal punto llegó mi hallazgo allí, ¡oh curiosidad!, que encontré a otros Bernáldez Flores. La primera sensación fue de asombro agradable y después, con el trato, ese encuentro se convertiría en un mutuo afecto, cuasi familiar. Ahora aprovecho la ocasión para mandarles un abrazo.
La Morera es un pueblo de tradiciones y costumbres enraizadas. Sus habitantes, por la singularidad propia del lugar son -a mi juicio- gente de renuncias y de aguante, de entusiasmo y de empuje a los que no les importa el sacrificio pensando en lograr el objetivo que se proponen. Son afables y de buenas maneras y siempre intentan buscar con más determinación lo que les une, que aquello que pudiera separarles. Amantes de fiestas y devociones disfrutan en ferias y romerías. Al ser un pueblo piadoso resultaba palpable en aquel tiempo, la influencia que en sus habitantes ejercía el párroco. El culto y la liturgia, se reflejaban en la diversidad de actos parroquiales y actividades apostólicas que se realizaban
Durante mi estancia en La Morera conocí a dos párrocos: Don Andrés y Don Julio. Eran diferentes en lo físico y en el carácter. El primero sin ser bajo, no era alto. Buen conversador. Dialogando hablaba sin elevar la voz, como en susurros; pero se le entendía todo. Sus ideas eran claras y, por su temperamento, gustaba que sus deseos fueran atendidos. Don Julio era más alto y espigado. Y por esa altura, daba la impresión de que miraba por encima del hombro, como intentando buscar otro horizonte. No obstante, por su carácter abierto, se hacía cordial. Aparentemente, las vibraciones de Don Julio aparecían en aquella época como más avanzadas. Por eso, sus cambios, aunque fueran de matices, se hacían notar en la feligresía. No debe olvidarse que por aquellas fechas, las misas aún seguían diciéndose en latín, y todo lo que fuera o pareciera nuevo ante tanta tradición tenía eco.
Las perspectivas de cambios ya se venían barruntando en todos los ámbitos de la Iglesia Católica. Y desde Roma, un Papa mayor y desconocido, rompiendo amarras, marcó los rumbos de otra singladura con dimensiones novedosas, convocando el Concilio Vaticano II. Fue el Pontífice Juan XXIII, conocido como el Papa Bueno. La solemne apertura tuvo lugar el once de Octubre de 1962, siendo de mucha repercusión mediática. Y sin que hubiera transcurrido un año de tal acontecimiento, el Pontífice que lo había convocado fallecía en El Vaticano. El calendario marcaba 3 de Junio de 1963, (por cierto, ese día en La Morera fue de camilla y brasero por el frío que hizo). Días después, el 21 del mismo mes, fue elegido su sucesor el Cardenal Giovanni B. Montini que tomó el nombre de Pablo VI. Y aquel día, Don Julio, párroco del pueblo, como sus preferencias por el Papa elegido se habían cumplido, repicó personalmente las campanas de la iglesia.
Quien haya vivido en un pueblo sabe que, en la sociedad de aquel tiempo junto al párroco, a la persona a la que también se le profesaba especial respeto era al Sr. Alcalde. Ahora, cuando tanto se habla de alcaldes democráticos y representativos, para diferenciarlos de aquellos de la dictadura, supongo que la buena costumbre del respeto no habrá desaparecido (¿). No obstante, yo quiero hablar de aquel alcalde que conocí en el pueblo cuando aún faltaban lustros para que llegara la democracia.
En La Morera, el apellido “Nieto” (apellido de aquel alcalde) por raíces y ramificaciones está tan extendido que pudiera considerarse como un genérico. Pero en este caso, él, sin proponérselo, con su personalidad, hizo que prevaleciera su nombre sobre el apellido tan enraizado. Y me estoy refiriendo a Dionisio. Sí, “Dionisio, el Alcalde”. Que así era como se le reconocía dentro y fuera de La Morera. Fue Alcalde por mucho tiempo. Y en la década de los 60 ejercer este cargo en un pueblo no rico de una Extremadura atrasada, no era nada fácil. No obstante, Dionisio, no sólo supo serlo sino que marcó un hito por su larga y desinteresada entrega. ¡Y no vivía de la política!. Su inteligencia natural mezclados con su habilidad, trato agradable y calidad humana, fueron sus mejores armas para conquistar los objetivos ante las autoridades provinciales en el ámbito que fuera. A Dionisio le gustaba jugar por el centro; pero poco le importaba corretear por cualquiera de las bandas. Sabía desmarcarse de cerrojos para buscar el lugar más apropiado para el juego que se proponía. Él, sin renunciar a sus principios, sabía buscar esa actitud que le dicen ahora: “marco de convivencia”.Pues bien, Dionisio intentaba siempre buscar “ese marco” Las posiciones radicales no le iban a su estilo, más dado a la comprensión, a las buenas maneras y al entendimiento. En mi trato con él, de maestro a alcalde, siempre estimé su coherencia. Pienso que, con lo que ven los ojos ahora, haberlo tenido de alcalde en la actualidad hubiera sido un lujo para la democracia.
Sigo. Junto al cura y el alcalde, los maestros -aunque en otro plano- también formaban parte de aquel engranaje social. Colegas conmigo en La Morera en estos menesteres y con aquellas realidades de entonces, en donde lo único que abundaba eran las tizas (algunas veces) y la matrícula (siempre) fueron: Doña Eugenia (Broncano), Doña Maruchi (García) y Don Antonio (Vera).No obstante, y ellos lo saben bien, a pesar de tantas limitaciones y carencias, unos y otros siempre estuvimos orgullosos de sentirnos maestros dentro y fuera de clase. Y con inquietud de servicio y cada cual a su estilo, intentamos cumplir con nuestras responsabilidades. Ese comportamiento, se vio siempre recompensado por el respeto que con nosotros supieron tener alumnos y familiares.
Quienes ya van siendo veteranos recordarán conmigo que por aquella época hubo también en La Morera otra persona que, por su profesión, tuvo clara influencia en el entramado social del pueblo. Me estoy refiriendo a Don Francisco, el médico. Don Paco para algunos. Aliviador de males, sanador de enfermedades y consuelo de pacientes. Él, amante de su carrera, era un Doctor como la copa de un pino. Con aspecto aparentemente serio y bigote bien cuidado, su trato era agradable. Y conociéndolo, se descubría a un excelente profesional y a un leído comunicador. Por sapiencia y humanidad sabía llegar al paciente y, por su franqueza conquistaba al amigo. De ahí que, admirado por muchos y respetado por todos, en el pueblo, su profesionalidad fuera alabada y reconocida.
A la juventud actual, lógico será que todo lo referido -si lo han leído- le quede como poco, indiferente. Es natural. Porque la vida no puede quedar anclada en el pasado de sus raíces. No obstante, conviene no olvidar que siempre habrá brotes donde las raíces estén vivas. Y cada brote, cada botón y cada pámpano que aparezca como nuevo, en esa primavera que cada año se renueva, se sustentan de la savia de las raíces de siempre.
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