Yo no sé si todos los caminos conducen a Roma; pero sí que llegar hasta ella por el camino que sea y conocerla, impacta. Desplazarse a Roma pasa de vivencia turística a ser la realidad palpable de un sueño. A Roma, que tiene cuerpo y alma, la historia y el arte se le vierten por los costados. Descubrirla es un tónico para el espíritu.

Digo que Roma tiene cuerpo y alma. Dualidad que reporta a quien pueda contemplarla sumergirse en un torrente de sueños. En su conjunto, el espíritu de Roma hechiza. Y no es para verla ni en postales, ni en libros. Hay que entrar y sumirse en ella palpando su cuerpo para conocerla. Pasear por sus vías y remirar sus plazas. Admirar sus museos y visitar sus galerías. Contemplar sus basílicas y explorar sus iglesias. Escudriñar sus rincones y recrearse ante el ingenio creativo de sus fuentes. Así, viéndolo y apreciándolo todo se consuma un gozo. En Roma hay que estar siempre asomándose a ella, sin darle nunca la espalda. Y poder mirarla sin roces de tiempo, venerándola sin prisas. Sólo así debiera hacerse.

Al ser Roma una acumulación de arte, en ella “Lo que sorprende, sorprende una vez, pero lo que es admirable lo es cuanto más se admira”. ¿Sería este pensamiento de Joseph Joubert inspirado visitando esta ciudad?. No lo sé. Pero sin dudarlo sí se puede asegurar que es allí, en la Ciudad Eterna, donde se dan más motivos para que así fuera, porque a Roma su singularidad la hace irrepetible.

Si Roma destaca como capital y cabeza del mundo católico, el pequeño Estado del Vaticano es su “corazón”. ¡Y cómo bombea!. En su Plaza de San Pedro, escaparate sin esquinas, acostumbrado a las multitudes, las etnias del mundo se mueven a borbotones difíciles de atajar. Y fue en este lugar, hoy faro luminoso del mundo católico, donde quiso el cristianismo primitivo hundir sus raíces. Y fue también aquí donde el Emperador Constantino, ya en el siglo IV d.C, quiso levantar una gran basílica en el emplazamiento que ocupaba una primitiva iglesia-cementerio. Lugar donde San Pedro había sido sacrificado y los cristianos sufrieron persecuciones.

Benjamín Franklin dice que: “Un camino de mil millas comienza con un paso”. Y es cierto. Y así fue también el caminar de la actual Basílica. Y, sobre aquellos cimientos de antaño, paso a paso y sin prisas, la fueron modelando. Después, en su lento crecer, el fervor y el genio la fueron sembrando de arte. Sin apresuramientos, arquitectos, pintores y escultores con el mecenazgo de Pontífices fueron consumando milagros artísticos, que jamás Constantino hubiera podido imaginarse.

En la actual plaza de San Pedro, colocándose a los pies del Obelisco, los ojos miran y miran llenándose de mundos que no paran de moverse alrededor de la espectacular columnata de Bernini. Por una gradería se asciende hasta la Basílica situándonos ante la sobria fachada transformada por Maderno. Atravesar la Puerta de Bronce (la otra, la Puerta Santa, se abre en años de Jubileos) y pasar al interior, es contemplar con asombro lo que allí se atesora. El escritor suizo Henri Frédéric Amiel, en uno de sus ensayos, sobre la anotación de impresiones, decía: “Mira dos veces para ver lo exacto; mira una sola vez para ver lo hermoso”. Pues eso. Allí, en la Basílica, así hay que mirar la magnificencia de aquellos entornos que nos enmudecen. Y de este modo y en silencio íntimo se nos acumulan recuerdos de vidas e historias.

En este lugar, el tiempo juntó para los anales a insignes mecenas y a genios del arte. Imposible sería reflejar en síntesis lo que ellos crearon en Capillas, Galerías, Museos, Bibliotecas y Archivos. No obstante, habrá que reconocer que detrás de todo ese patrimonio hubo personajes que, por haber sabido poner el listón muy alto, impusieron su yo, en el “cara a cara” del arte creativo. Protagonista sobresaliente en ese “cara a cara” fue Michelangelo Bunarroti, sí, ¡Miguel Ángel!. De él, en aquella época, podría haberse dicho que: “Miguel Ángel no es el nombre de un hombre sino del arte”, como ya Quintiliano muchos siglos antes, lo había dicho sobre Cicerón aludiendo a su elocuencia. Porque en Miguel Ángel sus obras hablan y sus versos cantan. Él significa lo exacto y lo bello. Miguel Ángel fue como marea, donde las olas de su arte y de su genio lo encumbraron hasta el cenit del Renacimiento. Miguel Ángel se convirtió en orfebre de lo sublime y arquitecto de lo grandioso. Su extenso trabajo terminó por convertirse en lujo geométrico y su obra en Florencia, Venecia, Bolonia y Roma lo atestigua.

La Cúpula de la Basílica, proyectada por él, es el techo de Roma. Desde su altura se puede observar el interior del templo o bien, echar la mirada sobre la panorámica de la ciudad. Haciendo lo primero, imposible sería describir cuanto en su interior se atesora en arquitectura, esculturas y pinturas por naves, techos y capillas. Levantando la vista al exterior, delante queda Roma llenando el horizonte. Y, si al comenzar aludíamos al Vaticano como corazón de Roma, ahora desde la atalaya de su cúpula, podemos encontrar calles y plazas formando sus “arterias”. Ellas nos marcan itinerarios para que podamos descubrir templos, fuentes y monumentos llenos de belleza y repletos de historia. Pero ese recorrido, lo dejaremos para otra ocasión, sin los roces de espacio y de tiempo.