Los nombres siempre fueron señal de identidad; pero nunca esta señal imprimió carácter. Y son muchos los ejemplos. Yo he conocido a una “Salud” que estaba siempre de médicos.” Y recuerdo a una “Dulce” que era como la quina. Y tenemos por ahí a “Claras” que son como carbones. Y te encuentras con “Clementes” que no dejan pasar la más mínima. Como también habrá “Mercedes” incapaces de hacerte un favor. Y algunas “Amparos” hay, que no te ofrecen ni agua. Por ahí puedes toparte con “Justos” que tengan más de pecadores que de otra cosa. Como con “Justinos” que no son tales, porque son unos tíos espléndidos, o con “Leones” que después resultan ser como gatitos. Y las hay “Severas” que están llenas de amabilidad, y “Engracias” que son unas sosas, y “Cándidos” que son unos avispados y cuando tú vas, ya vienen ellos de vuelta. Vamos que en El Santoral descubres… lo que Dios sabe. Hasta puedes tropezarte, sin quererlo, con “Urbanos” que se salten los semáforos en rojo.
Como vemos, con los nombres se descubre de todo. Las modas de los nombres vienen y van como las olas. Ahora parece que la cosa está amainada; pero hasta hace poco hubo competencia para buscar nombres raritos, sacados de los culebrones televisivos. También va quedando atrás la dichosita costumbre de hacer heredar “porque lo digo yo” el nombre del padre o de la abuela, aunque fueran horribles. Lo de la Infanta Sofía es la excepción que confirma la regla. Y si observamos la fecha en la que nos encontramos, tan próximo al 16 de Julio, día de N.ª S.ª del Carmen, si reparamos, nos daremos cuenta lo abandonado que está ahora el nombre de “Carmen”, que tan familiar resultó siempre en muchas casas. Por ejemplo, en la mía. Pero se ve que no está de moda. Y como éste, otros muchos que antes fueron habituales. También va desapareciendo (¡gracias a Dios!) la costumbre de endosarle a las criaturitas nombres del santoral del día de su nacimiento. Así, si en el referido 16 de Julio ya hubiera habido en la casa -por un suponer- alguna Carmen, a la nueva niña, ¡pobrecita!, por nacer en esa fecha, le hubieran endilgado el nombrecito de “Reinilda”, o si hubiera sido varón: “Grimoaldo”. Y a eso tampoco hay derecho.
Esta columna va titulada con el nombre: “ERNESTO.” Nombre que es acústico, que suena bien, que tiene vibraciones, como se dice ahora. El origen de este nombre, por los datos que tengo, es germano. Y, entre las cualidades que posee, resalta su “obstinación en defender lo que quiere y a quien quiere.” Y eso ya tiene su importancia con los tiempos que corren. Con estas referencias podría haber encabezado la titulación del artículo: “LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO.” Pero entonces, más de uno me hubiera dicho: copión y plagiario. Porque muchos lectores saben que ese referido título corresponde a una graciosa comedia de Oscar Wilde. Y la verdad es que nada tiene ver el Ernesto de la comedia, con el Ernesto en el que estoy pensando. Porque el “Ernesto” al que me refiero es mi amigo. Sí. Yo tengo un amigo que se llama Ernesto, como también otros pueden tenerlo. No sé si éste, mi amigo, “tiene aspecto de llamarse Ernesto”, como dicen que tiene el otro, el de la comedia; pero lo que sí me atrevo a afirmar es que él, mi amigo, se llamara como se llamara, siempre seguiría siendo el mismo. Vamos que, en este aspecto, pienso como Shakespeare pensaba hablando de las rosas: “Una rosa, como quiera que se llamase, tendría la misma fragancia”. Pues eso, Ernesto también es así, con sus virtudes y con sus defectos. Y quien lo conozca sabe que se puede estar de acuerdo con él o no; pero en su comportamiento no hay vuelta de hoja. Y muchas veces con razón, y otras, creyendo que la tiene, va por derecho aunque se confunda. La amistad -digo yo- no tiene espalda; siempre da la cara y, en ocasiones, supone sacrificio. La amistad se teje y se sustenta con renuncias y entregas. Él, mi amigo, aunque quisiera, no sabe disimular y pienso que, aún decepcionado de luchas, sigue sin perder la fe, siendo un legionario que sueña con planes y proyectos, ilusionándose como un cadete. Ralph Abernathy, en uno de sus manifiestos dijo: “Se puede matar al soñador, pero no al sueño”. Pues eso.
“Quemad viejos leños, bebed viejos vinos, leed viejos libros, tened viejos amigos”. Ernesto, esta frase es de Alfonso X “El Sabio”. Pues bien, mi amigo, en este Julio sofocante, lo de quemar “viejos leños” no sería lo adecuado. Sobre lo de beber “viejos vinos” paso de aconsejarte, pues de ese tema, admito que sabes más que yo. De leer “viejos libros” lo dejo a tus deseos; pero siempre es bueno. Y como “viejo amigo”, te mando un abrazo recordando al poeta Marcial: “La vida no es para vivir, sino para vivir con salud”. Que lo tengas en cuenta y, ¡cuídate!.