ROMA Lunes, Jun 2 2008 

Yo no sé si todos los caminos conducen a Roma; pero sí que llegar hasta ella por el camino que sea y conocerla, impacta. Desplazarse a Roma pasa de vivencia turística a ser la realidad palpable de un sueño. A Roma, que tiene cuerpo y alma, la historia y el arte se le vierten por los costados. Descubrirla es un tónico para el espíritu.

Digo que Roma tiene cuerpo y alma. Dualidad que reporta a quien pueda contemplarla sumergirse en un torrente de sueños. En su conjunto, el espíritu de Roma hechiza. Y no es para verla ni en postales, ni en libros. Hay que entrar y sumirse en ella palpando su cuerpo para conocerla. Pasear por sus vías y remirar sus plazas. Admirar sus museos y visitar sus galerías. Contemplar sus basílicas y explorar sus iglesias. Escudriñar sus rincones y recrearse ante el ingenio creativo de sus fuentes. Así, viéndolo y apreciándolo todo se consuma un gozo. En Roma hay que estar siempre asomándose a ella, sin darle nunca la espalda. Y poder mirarla sin roces de tiempo, venerándola sin prisas. Sólo así debiera hacerse.

Al ser Roma una acumulación de arte, en ella “Lo que sorprende, sorprende una vez, pero lo que es admirable lo es cuanto más se admira”. ¿Sería este pensamiento de Joseph Joubert inspirado visitando esta ciudad?. No lo sé. Pero sin dudarlo sí se puede asegurar que es allí, en la Ciudad Eterna, donde se dan más motivos para que así fuera, porque a Roma su singularidad la hace irrepetible.

Si Roma destaca como capital y cabeza del mundo católico, el pequeño Estado del Vaticano es su “corazón”. ¡Y cómo bombea!. En su Plaza de San Pedro, escaparate sin esquinas, acostumbrado a las multitudes, las etnias del mundo se mueven a borbotones difíciles de atajar. Y fue en este lugar, hoy faro luminoso del mundo católico, donde quiso el cristianismo primitivo hundir sus raíces. Y fue también aquí donde el Emperador Constantino, ya en el siglo IV d.C, quiso levantar una gran basílica en el emplazamiento que ocupaba una primitiva iglesia-cementerio. Lugar donde San Pedro había sido sacrificado y los cristianos sufrieron persecuciones.

Benjamín Franklin dice que: “Un camino de mil millas comienza con un paso”. Y es cierto. Y así fue también el caminar de la actual Basílica. Y, sobre aquellos cimientos de antaño, paso a paso y sin prisas, la fueron modelando. Después, en su lento crecer, el fervor y el genio la fueron sembrando de arte. Sin apresuramientos, arquitectos, pintores y escultores con el mecenazgo de Pontífices fueron consumando milagros artísticos, que jamás Constantino hubiera podido imaginarse.

En la actual plaza de San Pedro, colocándose a los pies del Obelisco, los ojos miran y miran llenándose de mundos que no paran de moverse alrededor de la espectacular columnata de Bernini. Por una gradería se asciende hasta la Basílica situándonos ante la sobria fachada transformada por Maderno. Atravesar la Puerta de Bronce (la otra, la Puerta Santa, se abre en años de Jubileos) y pasar al interior, es contemplar con asombro lo que allí se atesora. El escritor suizo Henri Frédéric Amiel, en uno de sus ensayos, sobre la anotación de impresiones, decía: “Mira dos veces para ver lo exacto; mira una sola vez para ver lo hermoso”. Pues eso. Allí, en la Basílica, así hay que mirar la magnificencia de aquellos entornos que nos enmudecen. Y de este modo y en silencio íntimo se nos acumulan recuerdos de vidas e historias.

En este lugar, el tiempo juntó para los anales a insignes mecenas y a genios del arte. Imposible sería reflejar en síntesis lo que ellos crearon en Capillas, Galerías, Museos, Bibliotecas y Archivos. No obstante, habrá que reconocer que detrás de todo ese patrimonio hubo personajes que, por haber sabido poner el listón muy alto, impusieron su yo, en el “cara a cara” del arte creativo. Protagonista sobresaliente en ese “cara a cara” fue Michelangelo Bunarroti, sí, ¡Miguel Ángel!. De él, en aquella época, podría haberse dicho que: “Miguel Ángel no es el nombre de un hombre sino del arte”, como ya Quintiliano muchos siglos antes, lo había dicho sobre Cicerón aludiendo a su elocuencia. Porque en Miguel Ángel sus obras hablan y sus versos cantan. Él significa lo exacto y lo bello. Miguel Ángel fue como marea, donde las olas de su arte y de su genio lo encumbraron hasta el cenit del Renacimiento. Miguel Ángel se convirtió en orfebre de lo sublime y arquitecto de lo grandioso. Su extenso trabajo terminó por convertirse en lujo geométrico y su obra en Florencia, Venecia, Bolonia y Roma lo atestigua.

La Cúpula de la Basílica, proyectada por él, es el techo de Roma. Desde su altura se puede observar el interior del templo o bien, echar la mirada sobre la panorámica de la ciudad. Haciendo lo primero, imposible sería describir cuanto en su interior se atesora en arquitectura, esculturas y pinturas por naves, techos y capillas. Levantando la vista al exterior, delante queda Roma llenando el horizonte. Y, si al comenzar aludíamos al Vaticano como corazón de Roma, ahora desde la atalaya de su cúpula, podemos encontrar calles y plazas formando sus “arterias”. Ellas nos marcan itinerarios para que podamos descubrir templos, fuentes y monumentos llenos de belleza y repletos de historia. Pero ese recorrido, lo dejaremos para otra ocasión, sin los roces de espacio y de tiempo.


POSTALES DE EXTREMADURA Miércoles, May 14 2008 

LAS HURDES

Cuna de mitos y leyendas.

Con paisajes serranos

que el silencio los cubre,

y en su seno se aprietan

laborados bancales,

que tus hombres

arañan a la tierra.

I I

Tierra que fuiste oprimida

y en tu cárcel lloraste

rezando al cielo,

con tu palabra viva

pregones de deseos.

¡Ay, pregones!. Pregones

que nunca se escucharon.

Y truncados, cansinos e ignorados

-entre tomillos-

los sepultó la niebla.

I I I

Tierra hurdana:

Tú, con cadenas de vigilias

y de esperas,

soportas el dolor

del olvido mezquino;

afrontas mil combates

y triunfas del destino.

De tus noches

huyeron los fantasmas.

Los brezos y las jaras

custodian los caminos

Y sorbo a sorbo,

de sueños y esperanzas

fuiste llenando

el pozo de tu alma.

La Morera (Historia de una época) Jueves, May 1 2008 

La toponimia es curiosa y lo podemos observar en esta introducción. Veamos: ¿Fue Almendral lugar de almendros? ¿Y Nogales? ¿Tanto nogal habría allí, para llamarle al pueblo de ese modo? ¿Por qué el nombre de Higuera de Vargas? ¿Tan frondosa sería la higuera para que por ella se conociera al dueño? Al parecer no ocurrió lo mismo con La Morera, donde sus habitantes viven dentro de “ese nombre” sintiéndose orgullosos de él, y no aparece dueño alguno como particular padrino. Es curioso. ¿Pero todos estos nombres y otros muchos que conocemos son referentes de algo de su entorno? ¿Está supeditado el nombre del pueblo a su paisaje? Estas y otras preguntas podrían hacerse, aunque en realidad poco importan; porque lo trascendente es que los pueblos están ahí. Y siguiendo su andadura en su vivir, las vidas aparecen y, entre soles y sombras, se realizan. Y eso, es lo trascendente: “que están” y que “se realizan”. Y a la postre, en la pulpa de los pueblos siempre se descubre lo que el poeta ve, que:“Un pueblo es como la vida misma// y dentro de él, mora todo lo que la vida es;// Alegría y tristeza, amor y soledad// Esfuerzo y desaliento// Un pueblo es una mujer…y un hombre// Un pueblo es…un pueblo”. Y todo eso, no es más que el resultado del esfuerzo común que día a día se va realizando en la continuidad de generaciones.

La Morera y en el mes de Junio, era un pueblo que estaba cuajado de primavera por todos sus costados. A su tiempo los almendros habían reventado cuajándose de flores y salir de sus calles enjalbegadas y llegar a sus campos para corretearlos, era como estar caminando por alfombras de hierbas y amapolas. Andando, andando, podían contemplarse postales de sierras y de lomas, de encinas y olivares llenándose de aromas. Los colores cantaban a las luces que el sol iba encendiendo. Y yo, pensando en este decorado que aquí se echa de menos, hoy me siento arriero, andando por caminos de nostalgia recordando recuerdos. Recuerdos de otra época que se fueron durmiendo en las cunetas del tiempo y quiero despertarlos.

Han pasado muchos, muchos años, casi medio siglo, cuando por mi profesión de maestro me presenté para ejercer en La Morera. Y allí, día tras día, bregando con los alumnos y tratando con las familias, unos y otros nos fuimos conociendo. En ese convivir, nos iríamos descubriendo y, hasta tal punto llegó mi hallazgo allí, ¡oh curiosidad!, que encontré a otros Bernáldez Flores. La primera sensación fue de asombro agradable y después, con el trato, ese encuentro se convertiría en un mutuo afecto, cuasi familiar. Ahora aprovecho la ocasión para mandarles un abrazo.

La Morera es un pueblo de tradiciones y costumbres enraizadas. Sus habitantes, por la singularidad propia del lugar son -a mi juicio- gente de renuncias y de aguante, de entusiasmo y de empuje a los que no les importa el sacrificio pensando en lograr el objetivo que se proponen. Son afables y de buenas maneras y siempre intentan buscar con más determinación lo que les une, que aquello que pudiera separarles. Amantes de fiestas y devociones disfrutan en ferias y romerías. Al ser un pueblo piadoso resultaba palpable en aquel tiempo, la influencia que en sus habitantes ejercía el párroco. El culto y la liturgia, se reflejaban en la diversidad de actos parroquiales y actividades apostólicas que se realizaban

Durante mi estancia en La Morera conocí a dos párrocos: Don Andrés y Don Julio. Eran diferentes en lo físico y en el carácter. El primero sin ser bajo, no era alto. Buen conversador. Dialogando hablaba sin elevar la voz, como en susurros; pero se le entendía todo. Sus ideas eran claras y, por su temperamento, gustaba que sus deseos fueran atendidos. Don Julio era más alto y espigado. Y por esa altura, daba la impresión de que miraba por encima del hombro, como intentando buscar otro horizonte. No obstante, por su carácter abierto, se hacía cordial. Aparentemente, las vibraciones de Don Julio aparecían en aquella época como más avanzadas. Por eso, sus cambios, aunque fueran de matices, se hacían notar en la feligresía. No debe olvidarse que por aquellas fechas, las misas aún seguían diciéndose en latín, y todo lo que fuera o pareciera nuevo ante tanta tradición tenía eco.

Las perspectivas de cambios ya se venían barruntando en todos los ámbitos de la Iglesia Católica. Y desde Roma, un Papa mayor y desconocido, rompiendo amarras, marcó los rumbos de otra singladura con dimensiones novedosas, convocando el Concilio Vaticano II. Fue el Pontífice Juan XXIII, conocido como el Papa Bueno. La solemne apertura tuvo lugar el once de Octubre de 1962, siendo de mucha repercusión mediática. Y sin que hubiera transcurrido un año de tal acontecimiento, el Pontífice que lo había convocado fallecía en El Vaticano. El calendario marcaba 3 de Junio de 1963, (por cierto, ese día en La Morera fue de camilla y brasero por el frío que hizo). Días después, el 21 del mismo mes, fue elegido su sucesor el Cardenal Giovanni B. Montini que tomó el nombre de Pablo VI. Y aquel día, Don Julio, párroco del pueblo, como sus preferencias por el Papa elegido se habían cumplido, repicó personalmente las campanas de la iglesia.

Quien haya vivido en un pueblo sabe que, en la sociedad de aquel tiempo junto al párroco, a la persona a la que también se le profesaba especial respeto era al Sr. Alcalde. Ahora, cuando tanto se habla de alcaldes democráticos y representativos, para diferenciarlos de aquellos de la dictadura, supongo que la buena costumbre del respeto no habrá desaparecido (¿). No obstante, yo quiero hablar de aquel alcalde que conocí en el pueblo cuando aún faltaban lustros para que llegara la democracia.

En La Morera, el apellido “Nieto” (apellido de aquel alcalde) por raíces y ramificaciones está tan extendido que pudiera considerarse como un genérico. Pero en este caso, él, sin proponérselo, con su personalidad, hizo que prevaleciera su nombre sobre el apellido tan enraizado. Y me estoy refiriendo a Dionisio. Sí, “Dionisio, el Alcalde”. Que así era como se le reconocía dentro y fuera de La Morera. Fue Alcalde por mucho tiempo. Y en la década de los 60 ejercer este cargo en un pueblo no rico de una Extremadura atrasada, no era nada fácil. No obstante, Dionisio, no sólo supo serlo sino que marcó un hito por su larga y desinteresada entrega. ¡Y no vivía de la política!. Su inteligencia natural mezclados con su habilidad, trato agradable y calidad humana, fueron sus mejores armas para conquistar los objetivos ante las autoridades provinciales en el ámbito que fuera. A Dionisio le gustaba jugar por el centro; pero poco le importaba corretear por cualquiera de las bandas. Sabía desmarcarse de cerrojos para buscar el lugar más apropiado para el juego que se proponía. Él, sin renunciar a sus principios, sabía buscar esa actitud que le dicen ahora: “marco de convivencia”.Pues bien, Dionisio intentaba siempre buscar “ese marco” Las posiciones radicales no le iban a su estilo, más dado a la comprensión, a las buenas maneras y al entendimiento. En mi trato con él, de maestro a alcalde, siempre estimé su coherencia. Pienso que, con lo que ven los ojos ahora, haberlo tenido de alcalde en la actualidad hubiera sido un lujo para la democracia.

Sigo. Junto al cura y el alcalde, los maestros -aunque en otro plano- también formaban parte de aquel engranaje social. Colegas conmigo en La Morera en estos menesteres y con aquellas realidades de entonces, en donde lo único que abundaba eran las tizas (algunas veces) y la matrícula (siempre) fueron: Doña Eugenia (Broncano), Doña Maruchi (García) y Don Antonio (Vera).No obstante, y ellos lo saben bien, a pesar de tantas limitaciones y carencias, unos y otros siempre estuvimos orgullosos de sentirnos maestros dentro y fuera de clase. Y con inquietud de servicio y cada cual a su estilo, intentamos cumplir con nuestras responsabilidades. Ese comportamiento, se vio siempre recompensado por el respeto que con nosotros supieron tener alumnos y familiares.

Quienes ya van siendo veteranos recordarán conmigo que por aquella época hubo también en La Morera otra persona que, por su profesión, tuvo clara influencia en el entramado social del pueblo. Me estoy refiriendo a Don Francisco, el médico. Don Paco para algunos. Aliviador de males, sanador de enfermedades y consuelo de pacientes. Él, amante de su carrera, era un Doctor como la copa de un pino. Con aspecto aparentemente serio y bigote bien cuidado, su trato era agradable. Y conociéndolo, se descubría a un excelente profesional y a un leído comunicador. Por sapiencia y humanidad sabía llegar al paciente y, por su franqueza conquistaba al amigo. De ahí que, admirado por muchos y respetado por todos, en el pueblo, su profesionalidad fuera alabada y reconocida.

A la juventud actual, lógico será que todo lo referido -si lo han leído- le quede como poco, indiferente. Es natural. Porque la vida no puede quedar anclada en el pasado de sus raíces. No obstante, conviene no olvidar que siempre habrá brotes donde las raíces estén vivas. Y cada brote, cada botón y cada pámpano que aparezca como nuevo, en esa primavera que cada año se renueva, se sustentan de la savia de las raíces de siempre.

Martínez Jueves, Jun 28 2007 

Aquí, en esta columna donde escribo para el El Chiriveje, el verano está teniendo nombre y apellido, sin de tener que recurrir a ningún paparazzi ni a revistas del corazón. Si en Julio se encabezó con un “nombre”, ahora, en Agosto, le ha tocado a un “apellido”.

Es curioso lo de los apellidos. Porque si los nombres se ponen, más o menos a capricho, no ocurre así con los apellidos, que tienen su “genética” y se hereda. Pero, ¿cómo empiezan?, ¿cuál es su origen?. Los apellidos, muchos de ellos, proceden de dónde menos se esperan y llegan hasta nosotros de los parajes más diversos. Y pueden venir: “Del Campo”, de la “Cabaña”, o incluso “Del Corral.” Otras veces nos llegan “Del Monte” o “Del Valle”. O salen “De la Fuente”, “Del Río”, de la “Rivera” e incluso del “Arroyo”. Cuando menos te esperas se presentan en la “Arena” como “Toro” o “Becerra”.Y entrándonos por “Iglesias” tropezaríamos con apellidos que empezando por “Sacristán” y siguiendo por “Monje” podrían llegar a “Abad” e incluso “Cardenal”. Y así, escalando, y pasando por “Sampedro” venir a ser “Santo” para finalizar siendo “De Dios”. Y eligiendo otro “Camino” y sin importar de que fueras “Moreno” o Rubio” podrías ejercer de “Pintor”, “Cantero”, “Pastor” o “Alcalde” e incluso llegar hasta “Rey”.

A esta hora, si me sigues leyendo y no has saltado como un “Corzo” por ser “Amador” de toda clase de lecturas, si en lo “Físico” aguantas y no estás “Cansado,” te habrás dado cuenta que con los apellidos se puede hacer lo mismo que con los “Espárragos” “Trigueros” o sea, manojos. O apurando, hasta “Ramos”, arrancando “Flores” “Silvestres” en “Campos” de “Trigo”. Pero confieso que estoy que me subo por las “Paredes” y ya por cualquier “Puerta” que encuentre y “Caro” que me cueste, prometo que estaré a “Paniagua” hasta que pueda salir de este “Castillo” que es un laberinto de apellidos. No aguanto un “Segundo” más. Tantos apellidos me están sacando de mis “Casillas” y, como quiero ser “Leal” a mi propósito, intentaré romper este cerco tan “Prieto”. Así, nada ni nadie podrá hacer de “Portero” para impedírmelo. Ni “Guardias” con “Porras” ni “Soldado” ni “Guerra” evitarán que pueda llegar hasta “MARTINEZ”, título del artículo.

Martínez es apellido catalogado como Patronymcum Nomen. O sea, que su origen se deriva del nombre propio de la persona (en este caso Martín) que en su día lo adopta como apellido. Lo mismo ocurre con “García” de Garcés, “Pérez” de Pedro, “Rodríguez” de Rodrigo o “Sánchez” de Sancho etc. El Martínez originario tiene su nacimiento por Asturias o Galicia y, con frecuencia, para evitar confusiones por su abundancia, “Los Martínez”, en muchos casos, se acostumbraron a hacerse compuesto el apellido y, para ello, se añadían la conjunción copulativa “y” o la preposición “de”. Y así ligaban el segundo apellido con el primero. Pero este no es el caso. Porque el MARTÍNEZ nuestro, ese en el que usted y yo estamos pensando, quiere pasar por “Caballero” anónimo y no emplea la estrategia de agregarse ningún del para unir sus apellidos así: Martínez del Portillo, que lo haría muy sonoro. Pero no. Él es Martínez a secas. Y así se le conoce.

El amigo Martínez, y lo digo en genérico sin apropiarme de nada, porque su amistad está ramificada, es un político en la sombra que, a poco que se mueva, se sabe dónde está. Como político y cara al público practica la jerga de las promesas. Pero la retórica es aceptable cuando los mensajes se van cumpliendo avalados por hechos. De lo contrario, se hacen poco creíbles, cosa que ocurre en ocasiones. Me explico: En Septiembre se cumplirán tres años de la aparición de este periódico. Pues bien, después de compromisos, ofrecimientos y promesas, El Chiriveje sólo me ha llegado, por su conducto, en tres oportunidades. Eso sí, cuando lo manda son varios los números que recibo. Y cuando voy por “La Empresa” recojo los que me faltan. Pero digo yo que la noticia es noticia, cuado tiene actualidad.

A Martínez tratándolo puede verse (sin restregarse los ojos), que también tiene otros modos. Al disponer de un “Portillo” tiene menos fronteras y hasta él se llega fácilmente conociéndole sus fervores. Martínez, sin ser “tradicionalista”, es un costumbrista aficionado a las tradiciones. Gustándole la tradición clásica, porque Martínez tiene espíritu renacentista, y como se produjo en el Renacimiento, así mismo a él también le gusta mezclar cultura y arte, con actividades mercantiles. Martínez, al igual que Gutenberg, también es descubridor de la imprenta. El Martínez inquieto es aficionado a la lectura y sabe que la cultura se busca y se encuentra leyendo y estudiando, además, a Martínez también le llega por profesión y escuela. Martínez es profesor por vocación y en ejercicio. Por sensibilidad, goza con el arte; disfruta con el dibujo, los diseños y la heráldica. El pirograbado lo borda. Y, como artista pictórico en la gama de colores de su paleta destaca el rojo. Martínez sin ser zurdo, se desenvuelve bien con la izquierda. En ocasiones, da la impresión, que sus convicciones se salpican de dudas. Dialogando con él, Martínez tiene largos silencios. Son silencios de espera reflexiva; pero al final, no está perdido. Conoce su meta y lo importante es llegar. Aunque en circunstancias se enfade, prefiere buscar apoyos a romper baraja. Por no romper, tampoco lo hace con el maléfico hábito del tabaco. A Martínez –tal vez sin saberlo- para las gestiones, le gusta practicar la consigna de Aníbal: “Hallaré un camino o me lo abriré”. No obstante, prefiere la paciencia del pescador al salto imprevisto de la caza.

Todo lo dicho, mi amigo, es parte de tu planeta, “LARA Martínez”. Y para terminar te pido que cuando estés degustando platos y catando vinos en gozosa gula, junto a otros amigos, por esos “TEMPLOS DEL COLECTEROL” en lo que habéis convertido las casas de las eras, realiza un brindis y que hasta aquí vuele vuestro recuerdo. Un brazo.

Ernesto Martes, Jun 26 2007 

Los nombres siempre fueron señal de identidad; pero nunca esta señal imprimió carácter. Y son muchos los ejemplos. Yo he conocido a una “Salud” que estaba siempre de médicos.” Y recuerdo a una “Dulce” que era como la quina. Y tenemos por ahí a “Claras” que son como carbones. Y te encuentras con “Clementes” que no dejan pasar la más mínima. Como también habrá “Mercedes” incapaces de hacerte un favor. Y algunas “Amparos” hay, que no te ofrecen ni agua. Por ahí puedes toparte con “Justos” que tengan más de pecadores que de otra cosa. Como con “Justinos” que no son tales, porque son unos tíos espléndidos, o con “Leones” que después resultan ser como gatitos. Y las hay “Severas” que están llenas de amabilidad, y “Engracias” que son unas sosas, y “Cándidos” que son unos avispados y cuando tú vas, ya vienen ellos de vuelta. Vamos que en El Santoral descubres… lo que Dios sabe. Hasta puedes tropezarte, sin quererlo, con “Urbanos” que se salten los semáforos en rojo.

Como vemos, con los nombres se descubre de todo. Las modas de los nombres vienen y van como las olas. Ahora parece que la cosa está amainada; pero hasta hace poco hubo competencia para buscar nombres raritos, sacados de los culebrones televisivos. También va quedando atrás la dichosita costumbre de hacer heredar “porque lo digo yo” el nombre del padre o de la abuela, aunque fueran horribles. Lo de la Infanta Sofía es la excepción que confirma la regla. Y si observamos la fecha en la que nos encontramos, tan próximo al 16 de Julio, día de N.ª S.ª del Carmen, si reparamos, nos daremos cuenta lo abandonado que está ahora el nombre de “Carmen”, que tan familiar resultó siempre en muchas casas. Por ejemplo, en la mía. Pero se ve que no está de moda. Y como éste, otros muchos que antes fueron habituales. También va desapareciendo (¡gracias a Dios!) la costumbre de endosarle a las criaturitas nombres del santoral del día de su nacimiento. Así, si en el referido 16 de Julio ya hubiera habido en la casa -por un suponer- alguna Carmen, a la nueva niña, ¡pobrecita!, por nacer en esa fecha, le hubieran endilgado el nombrecito de “Reinilda”, o si hubiera sido varón: “Grimoaldo”. Y a eso tampoco hay derecho.

Esta columna va titulada con el nombre: “ERNESTO.” Nombre que es acústico, que suena bien, que tiene vibraciones, como se dice ahora. El origen de este nombre, por los datos que tengo, es germano. Y, entre las cualidades que posee, resalta su “obstinación en defender lo que quiere y a quien quiere.” Y eso ya tiene su importancia con los tiempos que corren. Con estas referencias podría haber encabezado la titulación del artículo: “LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO.” Pero entonces, más de uno me hubiera dicho: copión y plagiario. Porque muchos lectores saben que ese referido título corresponde a una graciosa comedia de Oscar Wilde. Y la verdad es que nada tiene ver el Ernesto de la comedia, con el Ernesto en el que estoy pensando. Porque el “Ernesto” al que me refiero es mi amigo. Sí. Yo tengo un amigo que se llama Ernesto, como también otros pueden tenerlo. No sé si éste, mi amigo, “tiene aspecto de llamarse Ernesto”, como dicen que tiene el otro, el de la comedia; pero lo que sí me atrevo a afirmar es que él, mi amigo, se llamara como se llamara, siempre seguiría siendo el mismo. Vamos que, en este aspecto, pienso como Shakespeare pensaba hablando de las rosas: “Una rosa, como quiera que se llamase, tendría la misma fragancia”. Pues eso, Ernesto también es así, con sus virtudes y con sus defectos. Y quien lo conozca sabe que se puede estar de acuerdo con él o no; pero en su comportamiento no hay vuelta de hoja. Y muchas veces con razón, y otras, creyendo que la tiene, va por derecho aunque se confunda. La amistad -digo yo- no tiene espalda; siempre da la cara y, en ocasiones, supone sacrificio. La amistad se teje y se sustenta con renuncias y entregas. Él, mi amigo, aunque quisiera, no sabe disimular y pienso que, aún decepcionado de luchas, sigue sin perder la fe, siendo un legionario que sueña con planes y proyectos, ilusionándose como un cadete. Ralph Abernathy, en uno de sus manifiestos dijo: “Se puede matar al soñador, pero no al sueño”. Pues eso.

“Quemad viejos leños, bebed viejos vinos, leed viejos libros, tened viejos amigos”. Ernesto, esta frase es de Alfonso X “El Sabio”. Pues bien, mi amigo, en este Julio sofocante, lo de quemar “viejos leños” no sería lo adecuado. Sobre lo de beber “viejos vinos” paso de aconsejarte, pues de ese tema, admito que sabes más que yo. De leer “viejos libros” lo dejo a tus deseos; pero siempre es bueno. Y como “viejo amigo”, te mando un abrazo recordando al poeta Marcial: “La vida no es para vivir, sino para vivir con salud”. Que lo tengas en cuenta y, ¡cuídate!.

EL REFUGIO Viernes, Dic 1 2006 

Comencé el año escribiendo una carta en esta columna para SS MM LOS REYES MAGOS. El motivo: Pedir “carbón” para nuestros políticos por su falta de consideración con los ciudadanos. Porque estos personajes –decía- estaban intentando siempre “servir la exclusiva de de sus guisos, sin importarles los comensales”. Y por eso -que no era poco-, entre otros motivos, pedía para ellos “mucho carbón, como símbolo de no haber hecho sus deberes”

Estamos terminando el año y visto lo visto, no me arrepiento de lo que hice. Claro que ellos tampoco, porque continúan igual. Vamos, es que ni lo intentan. ¡Que tíos! Ya les pueden echar carbón o lo que sea. Lo digieren todo. Tienen “estómagos-mollejas” con unos jugos gástricos, que lo mismo trituran y asimilan sapos, que ruedas de molinos. El reinventado “Tripartito” es un ejemplo. ¡Que piquito tienen!

Ya nos quedan días para empezar un nuevo año y, mi propósito, para el próximo, es procurar olvidarlos y mirar para otro lado. No quiero tenerlos en cuenta, cansado de ver como nuestros problemas no son los suyos. Ni tampoco sus intereses, tienen nada que ver con los de los ciudadanos. Auque ellos –lo estamos viendo- se buscan triquiñuelas para que creamos lo contrario. Su conducta me produce hastío al contemplar, día sí y día también, las modulaciones que le dan a la mentira para que pase. Y al observar tanto engaño como nos endosan, el vaso de la paciencia por grade que sea, se desborda. Con su proceder, hasta el santo Job acabaría diciendo tacos. Confieso que quiero pasar de ellos. O, por lo menos, voy a intentarlo. ¿Por cuánto tiempo? No lo sé.

“He buscado en todas partes el sosiego y no lo he encontrado sino en un rincón apartado, con un libro en las manos” (Tomás Kempis). Pues eso. A nuestro juicio, tal pensamiento (biblioteca-libro) nos parece de lo más adecuado, y viene como anillo al dedo como terapia para dejar aparcado el tema de tener que hablar de “esos señores,” y -casi siempre- teniéndolo que hacer de mal rollo. Así, buscando refugio y sosiego, no seré yo el que vaya “con una escudilla de agua bendita y un hisopo” como hizo el ama de D. Quijote para que el cura la rociara por el “aposento” (biblioteca) por si allí estuviera “algún encantador de los muchos que tienen estos libros” por creer que eran ellos los “dañadores” de su señor. Para mí, al contrario, siempre fueron los libros el mejor de los refugios como garantía de aprendizaje, de relajación y de entretenimiento. Y que, por supuesto, los “dañadores” están por otras estancias.

Tengo ahora entre mis manos un libro. Su título: INFANCIA. Desde que lo tengo lo remiro muchas veces y, sin rebuscar, mi memoria se llena de recuerdos y en ella, se van hilvanando añoranzas . Para mí es un pequeño tesoro, que un día encontré en un rastro de libros. Fue un descubrimiento fortuito, que me hizo abrir los ojos como platos. Y al hallarlo sentí un “nosequé” por dentro. Para los que fuimos a la escuela de D. Anacleto (maestro que ejerció en Santa Marta durante cuarenta años, haciendo en él su sembradura) este libro, INFANCIA, era “nuestro libro” de lectura cuando empezábamos a “leer de corrido”. Más de uno se acordará. Lo hacíamos en voz alta junto a la mesa del maestro, para que él pudiera corregirnos en la dicción, pausas y entonaciones en nuestro aprendizaje. El librito está lleno de pequeñas historias donde el autor D. José Dalmáu Carles quiso “formar el hábito de entender lo que se lee, haciendo así la lectura interesante; elaborar insensiblemente el carácter moral del niño, y despertar en él la afición a los conocimientos históricos y científicos” Cada historia, a continuación del título, suele llevar una “afirmación” relacionada con el argumento que se relata, para terminar siempre con otra frase como moraleja.

Cuando nos vamos haciendo mayores, a las cosas y a las situaciones, les vamos encontrando ciertos paralelismos y similitudes con pocos retoques que le hagamos. Y otras veces, es su antagonismo el que nos hace descubrir la relación con el hecho que nos ocupa. Y si no, lean la primera historia del referido librito y que cada cual, dé unas pinceladas aquí y allá para montar el decorado. Después, piense y compare. Seguro que encontrará referencias. (Copio del texto). Título: UN AFRACESADO. Y debajo lleva esta afirmación: Amo a mi patria. Sigue el relato:

“Cuando entraron los franceses en España, hubo algunos españoles desgraciados que tomaron el partido de aquéllos. Por tal motivo, se les llamó, con desprecio, afrancesados.

Los franceses tuvieron que marcharse a Francia cuando les derrotaron en Vitoria, y, con ellos, se marcharon los españoles afrancesados. Entre éstos iba un poeta notable: Juan Meléndez Valdés.

Arrepentido, tal vez, antes de traspasar la frontera, se arrodilló y, con lágrimas en los ojos, besó el suelo de España, diciendo: -¡Ya no te volveré a ver, adorada patria mía!” Moraleja: “NUNCA RENEGARÉ DE MI PATRIA”.

Viendo como está el patio, cuando se está pregonando la mentira y arropando el engaño, arrepentirse –ahora- de una traición, no se concebiría. Más bien, al contrario. A la mentira y al engaño le “saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal” (Rubén Darío-“Marcha Triunfal”) Y la impresión que se persigue, al parecer, no es otra de que todos terminemos jaleando esos objetivos.

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